LA ESCUELA COMO ENTE SOCIALIZADOR

NORELIS BOLÍVAR
Psicopedagoga
Estudiante Lic. Psicología (2017)


Un niño de 6 años, cursante de primer grado, se acerca a la maestra y le manifiesta que nadie quiere jugar con él; se encuentra triste porque no haya la forma de hacer notar su interés en participar en los juegos grupales, junto a otros niños. Percibe con preocupación que se aproxima el fin del receso. La docente le preguntó si se ha acercado al grupo y él contesta que no, porque tiene pena.
Dicha situación refleja que la escuela es la institución por excelencia donde todos depositan la confianza en que recibirán, sino educación, al menos contactos sociales significativos. Pero hasta qué punto esta institución se encarga de lograr relaciones satisfactorias, cuando en el seno del grupo familiar no se han dado las bases iniciales de este proceso.
En este sentido la socialización es un proceso mediante el cual el individuo adopta los elementos socioculturales de su medio ambiente y los integra a su personalidad para adaptarse a la sociedad.
Cabe preguntarse respecto a la situación planteada, si este niño ha logrado adoptar verdaderamente los elementos de su entorno para adaptarse al contexto.
En términos más sencillos, socializar es el proceso por el cual el niño, aprende a diferenciar lo aceptable de lo inaceptable en su comportamiento. Socializar es un proceso muy importante que debe fomentarse en los niños y niñas desde muy corta edad, y se fundamenta en los vínculos sociales establecidos en el hogar durante los primeros años.
Según Caballo (2005) las habilidades sociales son un conjunto de conductas que permiten al individuo desarrollarse en un contexto individual o interpersonal expresando sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de un modo adecuado a la situación.
Las relaciones sociales inician en la primera infancia, cuando transcurre un período en el que la socialización es más intensa, cuando el ser humano es más apto para aprender y asimila las normas y valores que su grupo le transmita.
Desde que se nace se está aprendiendo; Una de las primeras manifestaciones prosociales del niño preescolar consiste en ayudar a otros niños o compartir un juguete o alimento. Los niños difieren unos de otros en cuanto a su ritmo de aprendizaje, de ahí la importancia de ofrecer estímulos, experiencias o materiales que contribuyan a ejercitar relaciones satisfactorias, ya que el proceso mismo lo realizan los propios niños.
Posteriormente llega la adolescencia que se convierte en un período importante para la adquisición y práctica de habilidades sociales complejas. El sujeto reconoce sus individualidades y empieza a despojarse   de aquellos comportamientos de la niñez; prefiere resaltar una personalidad que irá modelándose continuamente a través de diversos ensayos. Se adoptan comportamientos críticos y desafiantes respecto a las normas sociales, mientras que los adultos les exigen comportamientos sociales elaborados.
En los adolescentes destacan varias dimensiones, que cursan en medio de sus relaciones sociales, tales como la consideración con los demás (que puede aprenderse), el autocontrol (en el manejo de las emociones), el
retraimiento social (hasta encontrar el momento oportuno), la ansiedad social o timidez y el liderazgo.
Dichas dimensiones se irán desarrollando conforme a la necesidad que tienen los adolescentes de separarse de los primeros modelos y referentes (los padres), situación que implica satisfacer, a través de la interacción con los pares y con otros, la exploración de nuevos modelos de identidad que los alienten y orienten en la búsqueda y la consolidación de una identidad propia. Esta exploración es necesaria sobre sí mismos y en las relaciones con el entorno, ya que permite crear mayor autoconciencia, para que los adolescentes reflexionen sobre quiénes son y lo que quieren ser y hacer ahora y en el futuro.
La adolescencia abre paso a la edad adulta, cuando se multiplican las responsabilidades y situaciones que requieren de casi todo el tiempo disponible y normalmente cuando sobra tiempo, lo que se quiere es descansar.  En el adulto las actividades diarias pueden llegar a consumir toda la energía disponible y en muchos casos, se puede llegar a pensar que el escaso tiempo sin ocupación se puede destinar a otras personas, que dependen del adulto. En ese marco que ondea en responsabilidades de desarrollan las relaciones sociales del adulto.
Las personas de edad media prefieren buscar reafirmar sus relaciones emocionales, buscan a aquellas personas que los hacen sentir bien; para la mayoría de los adultos medios, las relaciones son la llave más importante del bienestar y pueden ser una fuente importante de salud y satisfacción. En este sentido se confirma la teoría de la selectividad socioemocional propuesta por Cartensen, que indica que la gente selecciona los contactos sociales con base en la cambiante importancia relativa de la interacción social como fuente de información y como ayuda para desarrollar y mantener el autoconcepto y como fuente de bienestar emocional.
Más adelante en la vejez, las relaciones interpersonales mejoran cuando la gente se va haciendo mayor. Hay espacios de paz que surgen debido a diversos factores: una mejor regulación emocional y la perspectiva de un tiempo limitado de vida, en el caso de los ancianos. En la felicidad social de la vejez actuaría además otro factor: el de los estereotipos, porque los jóvenes suelen enfrentarse menos a las personas mayores que a sus iguales en todas las situaciones, incluidas las de confrontación.
Las personas mayores cuentan con otra ventaja: suelen tener más opciones que las jóvenes de elegir con quiénes se relacionan porque, normalmente, ya no tienen que acudir a centros de trabajo en los que las relaciones interpersonales se imponen por razones ajenas o transitorias.
En este sentido, la teoría del intercambio social, intenta ser una teoría general de la interacción que explica los fenómenos grupales de conformidad a las normas, cohesión, status grupal, poder y similares. Tradicionalmente se había considerado que estos fenómenos tenían escasa o nula relación entre sí y se investigaban separadamente, produciéndose, como consecuencia, una situación de notable fragmentación.
Principalmente son los adultos quienes pueden tomar parte de un intercambio, para ello deben creer que los beneficios de adoptar los comportamientos preventivos son mayores que los costos de participación. Los incentivos son los beneficios que quienes planean la intervención pueden ofrecerle a los miembros de las audiencias elegidas, para fomentar la adopción de la innovación en el comportamiento.
En ese sentido las representaciones sociales como los valores juegan un papel importante, porque son sentimientos enraizados en los individuos, que generalmente señalan las pautas de acción y de comportamiento de los mismos. Son juicios de deseabilidad o aceptibilidad, o de rechazo sobre lo que es bueno, malo, deseable o indeseable y que se hacen presentes en la vida adulta; connotando los intercambios sociales de acuerdo a las normas presentes en los individuos.

Por ello se dice que las normas son pautas específicas para la acción, reglas de conducta colectiva, generalmente aceptadas, que revisten grados de obligatoriedad. Al igual que los valores, las normas también pueden variar mucho de una sociedad a otra y también de un grupo a otro, dentro de la misma sociedad. Por lo tanto enmarcan los contactos sociales.

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